El verdadero Fiat



Hay un Fiat que el caballero católico sabe decir, y lo dice bien. O debería. Es el de las formas. Cuando la muerte parece ya firmada, se endereza, no se queja más de la cuenta, no pide al cielo un espectáculo, e inclina la cabeza con la cortesía de quien ha aprendido a perder sin perder la calma. «Hágase.» Suena limpio. Como pedir otra mano en un juego de cartas. Conserva el dominio de sí en el preciso instante en que el dominio de las cosas se le escapa. Durante un tiempo creí que eso era obedecer.

No lo era del todo. Era todavía control con modales.

El gentleman aprecia las formas porque las formas son lo último que se puede gobernar cuando el resto se deshace. La voz queda firme, la queja no sale a la calle, la aceptación llega vestida. Elegante. Hay en eso una virtud real, y no pienso despreciarla: el hombre que no se abandona al desorden ni siquiera al morir merece respeto. Pero esa elegancia tiene un límite secreto. Necesita un objeto claro al que renunciar. Necesita saber qué está aceptando para poder aceptarlo con estilo. La muerte inminente le sirve. Le da un final contra el cual componer la postura.

El otro Fiat no se deja controlar.

Puede ser una muerte rápida o una lenta, unos meses o unos años, una remisión que nadie prometió o un deterioro que nadie fecha. Ahí la forma ya no alcanza, porque no hay desenlace al que ajustar el ademán. Decir «hágase tu voluntad» sin saber cuál es, es soltar precisamente lo que el caballero guarda hasta el final: la ilusión de que, si no puede mandar en los hechos, al menos manda en la manera de recibirlos. El dejar ir, cuando el final queda abierto, es casi lo contrario de esa cortesía. No hay postura noble para lo que todavía no tiene figura. No hay manera elegante de consentir en no saber si se parte o si se queda.

Ese es el Fiat mayúsculo. El que Dios quiere. El de verdad.

No el que decimos mientras todavía nos queda un resto de gobierno, sino el que decimos cuando el control se nos escapó de las manos y sabemos que no hay otro camino que el que Jesús enseñó, aunque no sea lindo ni elegante. Él no puso en el Padrenuestro una fórmula para hombres bien educados. Puso una entrega. Y la repitió en Getsemaní, cuando el cáliz ya no era figura y la postura ya no salvaba a nadie: no la mía, sino la tuya. María lo dijo antes, sin mapa, cuando el Verbo aún no había tomado carne y el reinado anunciado no tenía todavía figura. Ninguno de los dos pidió que la voluntad de Dios se presentara vestida de claridad para poder decirle que sí con estilo.

Me pesa decirlo, porque amo las formas y creo que un hombre debe guardarlas mientras pueda. Pero el cielo no es un club elegante donde sólo se entra con saco y corbata. No se franquea con el ademán correcto ni con la renuncia bien compuesta. Se entra por la puerta estrecha que Cristo indicó, la del que ya no negocia el desenlace. La resignación elegante acepta lo que ya se ve, y al aceptarlo conserva un resto de mando. El abandono entrega también lo que no se ve. Por eso duele más, y por eso se parece menos a la educación que recibimos y más a la oración que se nos mandó.

De rodillas, pero de pie. No porque hayamos encontrado la forma correcta de perder, sino porque hemos dejado de necesitarla para obedecer.

Fiat voluntas tua!

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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