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A distancia prudente

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En estos dos años y pico de enfermedad —esta guerra que no pedí y que, sin embargo, me ha sido dada— he hecho del Fiat voluntas tua mi lema de combate. No es consigna piadosa para colgar en la pared. Es el clavo al que me aferro cuando el suelo se mueve. Es la frase que pronuncio para no volverme loco, para no convertir cada resonancia, cada nuevo nódulo, cada fatiga inexplicable en un campo de batalla contra Dios. “Hágase tu voluntad.” No la mía. La tuya. Me he cruzado, en este tiempo, con un tipo de alma que —sin decirlo siempre con claridad— considera esta actitud una forma elegante de rendición. Casi una falta de fe. Prefieren no mirar lo que la ciencia, con su crudeza desnuda, ya ha puesto sobre la mesa. Prefieren aferrarse a la eventualidad de un milagro que habrá de llegar pase lo que pase, cueste lo que cueste. El agua de Lourdes. El aceite que mana de una imagen de la Virgen en algún rincón de Brasil. La intercesión simultánea de una docena de santos, unos canonizados y otros...

El tálamo

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En unos minutos salgo al Seidman Cancer Center acá en Cleveland a hacer una serie de tests ya que los médicos quieren ver si uno de mis tumores en el cerebro, el más grande que ya mide 10mm y se ha instalado cómodamente en mi tálamo, es tratable con radiación y podemos hacer algo a respecto.  Vivir con un tumor en el tálamo es habitar una habitación oscura en el centro mismo de la casa. No es un rincón olvidado, ni una pared lateral que uno puede ignorar. Es el núcleo. El tálamo no grita; susurra. Y lo que susurra llega a todas partes.  Allí, en ese pequeño nudo de sustancia gris, se cruzan los caminos de la sensación y del movimiento, de la alerta y del sueño. Un tumor que crece en ese sitio no invade como un ejército ruidoso. Se instala como un inquilino silencioso que, de pronto, empieza a empujar las paredes desde dentro. A veces apenas se nota: un hormigueo que no corresponde a nada, una debilidad fugaz en un brazo, una palabra que se niega a salir completa. Otras veces e...

Otro más muerde el polvo

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Era tarde en Lyndhurst. La casa en silencio. Ella dormía. Yo no. Me puse los auriculares casi por costumbre, como quien se sienta a pelear otra ronda con lo que no se va. Empezó la lista vieja de esas canciones de Queen, a las que me había introducido mi primo Tomás hace tantas décadas. Is this the real life? Sí. Era real. Las imágenes del cerebro, los puntos que no debían estar, el suelo que se abrió aquella tarde en el hospital y nunca volvió a cerrarse del todo. No era fantasía. Era el golpe. Y yo seguía aquí, con el cuerpo pesado y la cabeza a medias. Después llegó la presión. Under pressure… No hacía falta explicación. La presión de los fármacos, de la anemia, de seguir trabajando, de no dejar que el miedo se sentara a la mesa. De mirar a mi hija y seguir prometiéndome estar en su boda aunque los números del oncólogo dijeran otra cosa. Pressure. Y debajo de la pressure, la decisión seca de no ceder. El bajo entró seco: Another one bites the dust. Pensé en los tumores. Uno que se a...

El tiempo que queda

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Dicen que el tiempo no se puede comprar. Y es verdad. Ni el oro, ni el poder, ni la ciencia más avanzada logran detener su marcha. El tiempo marca el paso a todos por igual: al rico y al pobre, al fuerte y al débil, al que se cree dueño de su destino y al que ya sabe que no lo es. Incluso la naturaleza misma se somete a su ritmo inexorable. Las estaciones cambian, las hojas caen, los ríos siguen su curso hacia el mar. Nada de lo creado puede comprar un solo instante más de lo que le ha sido concedido. Con esto en mente, no puede haber regalo más valioso que el regalo del tiempo. Solo Dios puede darlo. Y Él me lo regaló cuando yo pensé que se me había acabado. En el momento en que el melanoma me empujó al borde de la tumba hace dos años, cuando el reloj parecía haberse detenido de golpe, me fue concedido este ocaso lento, este espacio inesperado para seguir caminando. Desde aquel día, el tiempo dejó de ser el río indiferente que antes dejaba correr entre los dedos. Se convirtió en un re...

El molde de hierro

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Este escrito resume, a vista de pájaro, el camino que recorrí dentro de ciertas formas —que denomino sectarias— de ver la fe y el catolicismo, y lo que ese recorrido me dejó en el alma. Me he tomado algunas libertades narrativas a la hora de escribir estas páginas, pero la esencia de lo contado responde fielmente a mi experiencia personal. Pueden leerlo haciendo click en el enlace abajo: https://drive.google.com/file/d/1qQb9VgYB4iPvz03LXJ9L7PR2O76zRFJr/view?usp=sharing

El eco de las voces zulúes

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Hoy fui a misa de diez de la mañana, y había un sacerdote de la Orden de los Siervos de María que había venido desde Chicago para recoger fondos para las misiones que su congregación sostiene en KwaZulu-Natal. Mientras comenzaba a hablar de aquel trabajo apostólico, mi memoria se abrió como un dique y me arrastró, sin resistencia posible, hasta una mañana de fines de los años ochenta, cuando con un amigo visité una misión en aquel mismo territorio del sur de África. El sol aún no había nacido. Dentro de una choza zulú de techo de paja y piso de tierra —esas construcciones que la tribu viene levantando desde hace casi dos siglos—, el padre Bedingfeld preparaba el altar con la luz temblorosa de unas velas. Los fieles eran pocos. Y entonces cantaron. Voces polifónicas, claras, sin vacilación, alegres, que llenaban el espacio entero y seguían subiendo más allá de la paja, hacia el cielo que el amanecer se empezaba a teñir de oro y de rosa. Estábamos perdidos en el verde profundo de Zululan...

What is Faith?

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Faith is not a lukewarm feeling that washes over us on sunny mornings, nor a mathematical certainty that neatly solves the equation of the universe. Faith is, above all, an act of surrender: the soul’s resounding “yes,” knowing itself wounded and finite, hurling itself toward the One who calls it. It is Mary’s fiat , Abraham’s “Here I am,” the desperate father’s cry: “Lord, I believe; help my unbelief” as he begged for his demon-tormented son. In the midst of the metastases gnawing at my brain, of lesions that grow even as the drugs struggle to contain them, faith is not the absence of fear. It is the decision to keep walking though the fog is thick and the ground trembles beneath our feet. How much of this is rational decision and how much pure divine Grace? The question is not idle; it strikes at the very nerve of the Christian paradox. On one hand, faith is reasonable. It is not blind. The great Doctors—Thomas Aquinas, Augustine, Newman—remind us that reason can reach the threshold:...