Entradas

El tiempo que queda

Imagen
Dicen que el tiempo no se puede comprar. Y es verdad. Ni el oro, ni el poder, ni la ciencia más avanzada logran detener su marcha. El tiempo marca el paso a todos por igual: al rico y al pobre, al fuerte y al débil, al que se cree dueño de su destino y al que ya sabe que no lo es. Incluso la naturaleza misma se somete a su ritmo inexorable. Las estaciones cambian, las hojas caen, los ríos siguen su curso hacia el mar. Nada de lo creado puede comprar un solo instante más de lo que le ha sido concedido. Con esto en mente, no puede haber regalo más valioso que el regalo del tiempo. Solo Dios puede darlo. Y Él me lo regaló cuando yo pensé que se me había acabado. En el momento en que el melanoma me empujó al borde de la tumba hace dos años, cuando el reloj parecía haberse detenido de golpe, me fue concedido este ocaso lento, este espacio inesperado para seguir caminando. Desde aquel día, el tiempo dejó de ser el río indiferente que antes dejaba correr entre los dedos. Se convirtió en un re...

El molde de hierro

Imagen
Este escrito resume, a vista de pájaro, el camino que recorrí dentro de ciertas formas —que denomino sectarias— de ver la fe y el catolicismo, y lo que ese recorrido me dejó en el alma. Me he tomado algunas libertades narrativas a la hora de escribir estas páginas, pero la esencia de lo contado responde fielmente a mi experiencia personal. Pueden leerlo haciendo click en el enlace abajo: https://drive.google.com/file/d/1qQb9VgYB4iPvz03LXJ9L7PR2O76zRFJr/view?usp=sharing

El eco de las voces zulúes

Imagen
Hoy fui a misa de diez de la mañana, y había un sacerdote de la Orden de los Siervos de María que había venido desde Chicago para recoger fondos para las misiones que su congregación sostiene en KwaZulu-Natal. Mientras comenzaba a hablar de aquel trabajo apostólico, mi memoria se abrió como un dique y me arrastró, sin resistencia posible, hasta una mañana de fines de los años ochenta, cuando con un amigo visité una misión en aquel mismo territorio del sur de África. El sol aún no había nacido. Dentro de una choza zulú de techo de paja y piso de tierra —esas construcciones que la tribu viene levantando desde hace casi dos siglos—, el padre Bedingfeld preparaba el altar con la luz temblorosa de unas velas. Los fieles eran pocos. Y entonces cantaron. Voces polifónicas, claras, sin vacilación, alegres, que llenaban el espacio entero y seguían subiendo más allá de la paja, hacia el cielo que el amanecer se empezaba a teñir de oro y de rosa. Estábamos perdidos en el verde profundo de Zululan...

What is Faith?

Imagen
Faith is not a lukewarm feeling that washes over us on sunny mornings, nor a mathematical certainty that neatly solves the equation of the universe. Faith is, above all, an act of surrender: the soul’s resounding “yes,” knowing itself wounded and finite, hurling itself toward the One who calls it. It is Mary’s fiat , Abraham’s “Here I am,” the desperate father’s cry: “Lord, I believe; help my unbelief” as he begged for his demon-tormented son. In the midst of the metastases gnawing at my brain, of lesions that grow even as the drugs struggle to contain them, faith is not the absence of fear. It is the decision to keep walking though the fog is thick and the ground trembles beneath our feet. How much of this is rational decision and how much pure divine Grace? The question is not idle; it strikes at the very nerve of the Christian paradox. On one hand, faith is reasonable. It is not blind. The great Doctors—Thomas Aquinas, Augustine, Newman—remind us that reason can reach the threshold:...

La Fe: Decisión, gracia y la bandera que se planta

Imagen
¿Qué es la Fe? No es un sentimiento tibio que nos invade en mañanas soleadas, ni una certeza matemática que resuelve la ecuación del universo. La Fe es, ante todo, un acto de entrega: el sí rotundo del alma que, sabiéndose herida y finita, se arroja hacia Aquel que la llama. Es el “fiat” de María, el “heme aquí” de Abraham, el “Señor, creo; ayuda mi incredulidad” del un padre angustiado pidiendo ayuda para su hijo endemoniado. En medio de las metástasis que me carcomen el cerebro, de las lesiones que crecen mientras los fármacos intentan contenerlas, la Fe no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir caminando aunque la niebla sea espesa y el suelo tiemble. ¿Cuánto de esto es decisión racional y cuánto pura Gracia divina? La pregunta no es ociosa; toca el nervio mismo de la paradoja cristiana. Por un lado, la Fe es razonable. No ciega. Los grandes doctores —Tomás de Aquino, Agustín, Newman— nos recuerdan que la razón puede llegar hasta el umbral: puede demostrar la existencia...

Moradas

Imagen
Jesús nos construye moradas en el Cielo, pese a nuestras faltas  En la noche más oscura de la historia, la noche de la traición, cuando el miedo ya rondaba como un lobo entre los discípulos y el olor a muerte flotaba en el aire, Jesús no pronunció palabras de reproche ni de juicio severo. Dijo algo que sigue resonando a través de los siglos como una promesa que desafía toda lógica humana: «En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar?» (Jn 14,2). No lo dijo a santos impecables. Lo dijo a hombres que pronto lo abandonarían, como a Pedro que lo negaría tres veces antes que cantara el gallo pese a haber sido testigo de tantas maravillas. Lo dijo sabiendo todas nuestras miserias futuras: las mías, las tuyas, las de cada alma que ha manchado su conciencia con el barro del mundo el demonio y la carne. Y sin embargo, promete construirnos una morada. Un hogar. No un calabozo, no un rincón prestado para que lo veamos ...

La rutina del cansancio y la espada que ya no asombra

Imagen
Hay una quietud extraña en esta nueva etapa, como si el cuerpo hubiera firmado un pacto silencioso con la fatiga. Ya no es el cansancio agudo del principio, aquel que llegaba como un asalto nocturno y me dejaba tambaleando al amanecer. Ahora se ha instalado, permanente, casi doméstico. Es el huésped que no se va, que comparte la mesa, que se sienta a mi lado mientras escribo estas líneas en South Euclid, con la luz gris de Ohio filtrándose por la ventana.   Los tumores en el cerebro, esos intrusos rebeldes, ya no provocan el mismo terror primordial. Las intervenciones se han vuelto rutina: Gamma Knife, imágenes que muestran nuevas sombras, ajustes de dosis, la espera. Como quien va al taller a reparar el mismo motor que falla una y otra vez. ¿Cuántas veces más entraré en esa máquina, con la cabeza inmovilizada, confiando en que los rayos precisos quemen lo que no debe estar allí? He perdido la cuenta. La novedad del horror se ha desgastado, y en su lugar queda esta meditación seren...