La rutina del cansancio y la espada que ya no asombra
Hay una quietud extraña en esta nueva etapa, como si el cuerpo hubiera firmado un pacto silencioso con la fatiga. Ya no es el cansancio agudo del principio, aquel que llegaba como un asalto nocturno y me dejaba tambaleando al amanecer. Ahora se ha instalado, permanente, casi doméstico. Es el huésped que no se va, que comparte la mesa, que se sienta a mi lado mientras escribo estas líneas en South Euclid, con la luz gris de Ohio filtrándose por la ventana. Los tumores en el cerebro, esos intrusos rebeldes, ya no provocan el mismo terror primordial. Las intervenciones se han vuelto rutina: Gamma Knife, imágenes que muestran nuevas sombras, ajustes de dosis, la espera. Como quien va al taller a reparar el mismo motor que falla una y otra vez. ¿Cuántas veces más entraré en esa máquina, con la cabeza inmovilizada, confiando en que los rayos precisos quemen lo que no debe estar allí? He perdido la cuenta. La novedad del horror se ha desgastado, y en su lugar queda esta meditación seren...