El eco de las voces zulúes
Hoy fui a misa de diez de la mañana, y había un sacerdote de la Orden de los Siervos de María que había venido desde Chicago para recoger fondos para las misiones que su congregación sostiene en KwaZulu-Natal. Mientras comenzaba a hablar de aquel trabajo apostólico, mi memoria se abrió como un dique y me arrastró, sin resistencia posible, hasta una mañana de fines de los años ochenta, cuando con un amigo visité una misión en aquel mismo territorio del sur de África. El sol aún no había nacido. Dentro de una choza zulú de techo de paja y piso de tierra —esas construcciones que la tribu viene levantando desde hace casi dos siglos—, el padre Bedingfeld preparaba el altar con la luz temblorosa de unas velas. Los fieles eran pocos. Y entonces cantaron. Voces polifónicas, claras, sin vacilación, alegres, que llenaban el espacio entero y seguían subiendo más allá de la paja, hacia el cielo que el amanecer se empezaba a teñir de oro y de rosa. Estábamos perdidos en el verde profundo de Zululan...