29 años... y vamos por más!
“¡No pueden casarse un 15 de marzo porque va a hacer un calor espantoso!” Palabras más, palabras menos, con esa certeza inquebrantable que la caracterizaba, una tía de la novia dictaminó su veredicto. Para ella no era mera opinión: era decreto irrevocable. Pero en fin. Nosotros seguimos nuestro camino, y aquel magnífico sábado la novia apareció radiante en el atrio de Santa María de San Isidro. Del brazo de su padre cruzó el umbral para comenzar una nueva vida, mientras yo la esperaba al frente, enfundado en el jaquet de rigor —siempre he sido muy de rigores, y esta ocasión no iba a ser la excepción—. Los dos lados del templo rebosaban de parientes y amigos; una congregación que asistía con una mezcla de emoción y leve incredulidad a aquel momento solemne presidido por el Padre Julio, cuando, con su bendición y todos como testigos, nos declaramos marido y mujer. Salimos juntos para siempre. Afuera se formó el clásico corrillo: besos, abrazos, saludos efusivos a tantos que uno t...