El verdadero Fiat
Hay un Fiat que el caballero católico sabe decir, y lo dice bien. O debería. Es el de las formas. Cuando la muerte parece ya firmada, se endereza, no se queja más de la cuenta, no pide al cielo un espectáculo, e inclina la cabeza con la cortesía de quien ha aprendido a perder sin perder la calma. «Hágase.» Suena limpio. Como pedir otra mano en un juego de cartas. Conserva el dominio de sí en el preciso instante en que el dominio de las cosas se le escapa. Durante un tiempo creí que eso era obedecer. No lo era del todo. Era todavía control con modales. El gentleman aprecia las formas porque las formas son lo último que se puede gobernar cuando el resto se deshace. La voz queda firme, la queja no sale a la calle, la aceptación llega vestida. Elegante. Hay en eso una virtud real, y no pienso despreciarla: el hombre que no se abandona al desorden ni siquiera al morir merece respeto. Pero esa elegancia tiene un límite secreto. Necesita un objeto claro al que renunciar. Necesita saber qué es...