El tiempo que queda
Dicen que el tiempo no se puede comprar. Y es verdad. Ni el oro, ni el poder, ni la ciencia más avanzada logran detener su marcha. El tiempo marca el paso a todos por igual: al rico y al pobre, al fuerte y al débil, al que se cree dueño de su destino y al que ya sabe que no lo es. Incluso la naturaleza misma se somete a su ritmo inexorable. Las estaciones cambian, las hojas caen, los ríos siguen su curso hacia el mar. Nada de lo creado puede comprar un solo instante más de lo que le ha sido concedido. Con esto en mente, no puede haber regalo más valioso que el regalo del tiempo. Solo Dios puede darlo. Y Él me lo regaló cuando yo pensé que se me había acabado. En el momento en que el melanoma me empujó al borde de la tumba hace dos años, cuando el reloj parecía haberse detenido de golpe, me fue concedido este ocaso lento, este espacio inesperado para seguir caminando. Desde aquel día, el tiempo dejó de ser el río indiferente que antes dejaba correr entre los dedos. Se convirtió en un re...