Otro más muerde el polvo
Era tarde en Lyndhurst. La casa en silencio. Ella dormía. Yo no. Me puse los auriculares casi por costumbre, como quien se sienta a pelear otra ronda con lo que no se va. Empezó la lista vieja de esas canciones de Queen, a las que me había introducido mi primo Tomás hace tantas décadas. Is this the real life? Sí. Era real. Las imágenes del cerebro, los puntos que no debían estar, el suelo que se abrió aquella tarde en el hospital y nunca volvió a cerrarse del todo. No era fantasía. Era el golpe. Y yo seguía aquí, con el cuerpo pesado y la cabeza a medias. Después llegó la presión. Under pressure… No hacía falta explicación. La presión de los fármacos, de la anemia, de seguir trabajando, de no dejar que el miedo se sentara a la mesa. De mirar a mi hija y seguir prometiéndome estar en su boda aunque los números del oncólogo dijeran otra cosa. Pressure. Y debajo de la pressure, la decisión seca de no ceder. El bajo entró seco: Another one bites the dust. Pensé en los tumores. Uno que se q...