A distancia prudente
En estos dos años y pico de enfermedad —esta guerra que no pedí y que, sin embargo, me ha sido dada— he hecho del Fiat voluntas tua mi lema de combate. No es consigna piadosa para colgar en la pared. Es el clavo al que me aferro cuando el suelo se mueve. Es la frase que pronuncio para no volverme loco, para no convertir cada resonancia, cada nuevo nódulo, cada fatiga inexplicable en un campo de batalla contra Dios. “Hágase tu voluntad.” No la mía. La tuya. Me he cruzado, en este tiempo, con un tipo de alma que —sin decirlo siempre con claridad— considera esta actitud una forma elegante de rendición. Casi una falta de fe. Prefieren no mirar lo que la ciencia, con su crudeza desnuda, ya ha puesto sobre la mesa. Prefieren aferrarse a la eventualidad de un milagro que habrá de llegar pase lo que pase, cueste lo que cueste. El agua de Lourdes. El aceite que mana de una imagen de la Virgen en algún rincón de Brasil. La intercesión simultánea de una docena de santos, unos canonizados y otros...