Moradas
Jesús nos construye moradas en el Cielo, pese a nuestras faltas En la noche más oscura de la historia, la noche de la traición, cuando el miedo ya rondaba como un lobo entre los discípulos y el olor a muerte flotaba en el aire, Jesús no pronunció palabras de reproche ni de juicio severo. Dijo algo que sigue resonando a través de los siglos como una promesa que desafía toda lógica humana: «En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar?» (Jn 14,2). No lo dijo a santos impecables. Lo dijo a hombres que pronto lo abandonarían, como a Pedro que lo negaría tres veces antes que cantara el gallo pese a haber sido testigo de tantas maravillas. Lo dijo sabiendo todas nuestras miserias futuras: las mías, las tuyas, las de cada alma que ha manchado su conciencia con el barro del mundo el demonio y la carne. Y sin embargo, promete construirnos una morada. Un hogar. No un calabozo, no un rincón prestado para que lo veamos ...