29 años... y vamos por más!
“¡No pueden casarse un 15 de marzo porque va a hacer un calor espantoso!” Palabras más, palabras menos, con esa certeza inquebrantable que la caracterizaba, una tía de la novia dictaminó su veredicto. Para ella no era mera opinión: era decreto irrevocable. Pero en fin. Nosotros seguimos nuestro camino, y aquel magnífico sábado la novia apareció radiante en el atrio de Santa María de San Isidro. Del brazo de su padre cruzó el umbral para comenzar una nueva vida, mientras yo la esperaba al frente, enfundado en el jaquet de rigor —siempre he sido muy de rigores, y esta ocasión no iba a ser la excepción—. Los dos lados del templo rebosaban de parientes y amigos; una congregación que asistía con una mezcla de emoción y leve incredulidad a aquel momento solemne presidido por el Padre Julio, cuando, con su bendición y todos como testigos, nos declaramos marido y mujer.
Salimos juntos para siempre. Afuera se formó el clásico corrillo: besos, abrazos, saludos efusivos a tantos que uno termina mareado. Tocaba atender con especial cortesía a los no tan íntimos, esos que habían venido a la iglesia pero no nos acompañarían a la fiesta. El tráfico de un sábado por la mañana en Libertador parecía lejano, casi irreal, visto entre los troncos de las tipas que sombreaban la vereda.
Llegó entonces el momento de subir a nuestra carroza: un Jaguar Vanden Plas impecable, con mi primo al volante y su mujer de copiloto sonriente, que descorchó una botella de champagne ahi mismo para tomar en el viaje. El trayecto a Tigre era corto, rumbo a la casa de mis tíos Santiago y Paloma, que habían abierto sus jardines para una celebración íntima. Pero antes había una parada ineludible para saldar una deuda antigua y deliciosa.
Dolores, la mayor de diez hermanos pero no la primera en casarse, había sido testigo privilegiada de todos los noviazgos familiares. Cuando yo entré en escena, uno de ellos —junto a su novia de tantos años— notó que lo nuestro avanzaba a paso firme y apostó que nos casaríamos antes que ellos. La prenda: un kilo de helado. Y así, con la novia en el asiento trasero y el marido de jaquet recién estrenado, el Jaguar bordeaux hizo una breve escala en una heladería de camino. Pagamos la deuda con creces, entregando el paquete fresco y variado a mi cuñado, que no pudo ocultar su sorpresa mientras celebraba nuestra memoria y nuestra palabra cumplida. Fue un gesto pequeño, pero cargado de esa complicidad que solo las apuestas familiares saben tejer.
La fiesta en casa de mis tíos fue un verdadero lujo. La tía profeta del calor agobiante circulaba ahora bajo la sombra generosa de enormes árboles centenarios, entre familiares, mozos con bandejas de canapés y un fotógrafo que capturaba cada instante. Esas fotos aún nos miran desde los álbumes gastados: nos devuelven sonrisas que no se apagan, rostros queridos que el tiempo no borra, momentos que se resisten al olvido.
Una fiesta de verdad no estaría completa sin algún que otro exceso. Hubo quien se pasó de copas y lo hizo notar con comportamientos que no estaban en el protocolo y algún mayor intransigente generó un par de roces breves. Pero nada logró empañar la alegría genuina de ese día. La música, el baile, la torta del anillo —¡que se llevó la novia del recipiente del helado, y se casaron ellos mismos un par de años después!— coronó la tarde, y las despedidas largas, lentas, dulces, marcaron el cierre inevitable cuando el sol ya se teñía de dorado.
En esa hora mágica de postres y murmullos, cumplimos con otro ritual familiar. Nos subimos los dos solos al Jaguar de mi primo —ese clásico de líneas elegantes y ronroneo grave, hecho para ocasiones así— y partimos, todavía ella en su magnifico vestido de novia y yo en mi jaquet, hacia el centro. Íbamos a ver a mi abuelo Ibarguren en su departamento; su edad le había impedido asistir a la iglesia y a la fiesta. Lo encontramos esperándonos, con esa emoción contenida y los ojos azules brillantes que solo los abuelos saben encender. Le contamos todo con lujo de detalles, y él nos abrazó como si siguiéramos siendo niños. Y para cerrar la visita, posamos para una foto inolvidable bajo el cuadro de su madre. Fue el broche perfecto: del bullicio alegre al silencio cariñoso de una visita que valía más que cualquier protocolo.
Y así terminó nuestro día: entre helado de apuesta saldada, jardines de Tigre, risas interminables y un Jaguar que nos llevó a casa con la certeza serena de que empezaba algo nuevo, algo bueno, algo irrevocablemente nuestro. Han pasado veintinueve años, y cada vez que lo recordamos, el calor que tanto temían no fue más que el preludio de una felicidad que, afortunadamente, resultó mucho más duradera.
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