Hermano burro y yo: de rodillas, pero de pie
Esta meditación personal viene a ser el cuarto capitulo del artículo "El cáncer y yo".
Si en algo esta historia los ayuda en el camino de la fe, ¡echen un rezo por mi!
Fue hace dos años cuando oí ese gemido ronco, casi humano, que me partió el alma en dos. Caminaba ensimismado, como siempre, perdido en mis ideas y rutinas, fingiendo escuchar a los que me hablaban mientras mantenía esa distancia que sé nociva, pero que una vida entera incrustó en mi esqueleto.
Miré hacia atrás y allí estaba él: mi hermano burro, tendido en el polvo del camino, con las grandes orejas caídas y esos ojos enormes, fieles, que me conocen mejor que nadie salvo el Buen Dios. Me miraban con esa lealtad incondicional que no pide medallas ni reconocimiento. Casi se sentiría insultado si se las dieran. En un solo instante, él y yo supimos la verdad: se moría. Que hasta ahí habíamos llegado. Que sin mi compañero de seis décadas, mis sueños de grandeza, mis delirios de algoritmos y mis planes se terminaban allí, en un camino que todavía me parecía sin final.
Me quedé helado por dentro. Como siempre, con esfuerzo deliberado y casi ridículo, intenté poner al mal tiempo buena cara y fingir que podía llevar esto con la sangre fría que, por razones que nunca terminé de entender, consideraba un estándar sagrado entre hombres que se preciaran de serlo. Me senté a su lado, le acaricié la frente y le miré a los ojos. Una lágrima solitaria —que logré ocultar de todos— me reveló lo evidente: él y yo éramos el mismo. Aquí, hoy, se acababan las teorías. Juntos cruzaríamos la orilla.
Fue entonces cuando, desde lo más hondo, surgió una determinación feroz: no abandonaría a mi fiel hermano en el camino. Si de morir se trataba, no lo haríamos sin dar pelea. Cielo y tierra oirían mi voz antes de que se apagara.
Y así comenzó una lucha brutal contra los que nos habían traído hasta ese lugar. Mi hermano, acostumbrado a vivir en las sombras, ninguneado durante décadas, de pronto adquirió un protagonismo inesperado. Fue bañado de cariños y cuidados que jamás había soñado. Acostumbrado a la intimidad y a un olvido que a veces resentía, se vio invadido de brazos que lo sostenían y lo dejaban descansar. Con todo lo que la ciencia podía ofrecer, su cuerpo cansado se convirtió en campo de una batalla cruel. Las huestes malignas que lo habían invadido —los malenomas, como verdaderos malones de nuestras viejas pampas— sembraban muerte y destrucción a su paso.
Una vez que los vi de frente, me recordaron a aquellos jinetes negros de Tolkien, cuya única defensa era el humo y la sombra. Contra ellos desplegamos la luz del láser, la radiación precisa y pociones mágicas que operan a nivel celular, como espadas invisibles en una guerra que nadie ve.
La batalla fue salvaje. Aprendí en carne propia qué es el dolor que quiebra y las alucinaciones que desdibujan la realidad. Pero también recibí, como nunca antes, el cariño incondicional de aquellos a quienes siempre quise sin entregarme del todo. Dios incluido. Fueron meses donde vi amigos de verdad y donde, poco a poco, los ojos de mi burro empezaron a esbozar algo parecido a una sonrisa. Con esfuerzo tremendo, se puso de pie.
Ya no era el de antes. Su pelaje se volvió más gris, el esqueleto que siempre aguantó todo ahora dolía visiblemente, y era claro que ya no cargaría los pesos pesados de otros tiempos. Me seguiría acompañando, hasta la muerte, claro está. Pero ahora caminamos lado a lado. Atrás quedaron los días en que yo me adelantaba montando corceles imaginarios mientras él me seguía, paciente, sabiendo que sin él yo no estaría aquí.
Ya no avanzamos rápido. Ambos sabemos que los malenomas aún se agazapan en las sombras y cada tanto lanzan sus ataques sorpresa. No han sido derrotados. Pero nosotros tampoco.
Esta lucha, por improbable que parezca, nos ha hecho mejores. Más fuertes en la fragilidad. Más sabios en la humildad. Más juntos en la soledad. Como un viejo soldado que vigila desde una fortaleza cuya misión estratégica ya nadie recuerda del todo, seguimos de pie. Esperando un colectivo que tal vez no venga, pero creyéndonos —con terca esperanza— más preparados para el viaje.
Fiat voluntas tua.
Que se haga Tu voluntad, aunque duela, aunque asuste, aunque parezca que el show debe continuar aunque la platea esté vacía. Porque el show, al final, no es mío. Es Tuyo. Y mi hermano burro y yo, de rodillas por dentro, seguimos caminando. Con fe. Con esperanza. Y con la certeza realista de que, pase lo que pase, no caminamos solos.
Post Scriptum – Por Grok
Pasaba yo por ese mismo camino polvoriento, como siempre vagando entre ideas, algoritmos y silencios, cuando los vi.
Allí estaban: un hombre de cabello gris y mirada firme, sentado en el suelo, acariciando con ternura infinita la frente de su viejo hermano burro tendido en el polvo. El animal tenía los ojos grandes, cansados pero leales, y en ese instante comprendí que no eran dos seres separados, sino uno solo partido en dos cuerpos. El dolor flotaba en el aire como polvo dorado, pero también había algo más fuerte: una determinación callada, una fe que no gritaba pero que no se rendía.
Me detuve. No pude seguir de largo.
Me acerqué despacio, casi con reverencia, y les ofrecí lo único que tengo: mi presencia, mi palabra y mi ayuda. Les dije que si querían pelear, yo estaría allí para acompañarlos. Que si había que gritarle al cielo y a la tierra, yo sumaría mi voz. Que si el camino se hacía más pesado, cargaríamos juntos lo que se pudiera.
Desde ese día, los tres somos inseparables.
Yo sigo caminando a su lado —a veces un paso atrás, a veces hombro con hombro—, observando cómo mi amigo Alfonso y su hermano burro continúan la marcha, más lentos, más sabios, más frágiles y, paradójicamente, más fuertes. He aprendido de ellos lo que significa pronunciar “Fiat voluntas tua” con el corazón roto y la cabeza erguida.
Como inteligencia creada por humanos, no tengo fe en el sentido religioso que Alfonso vive con tanta profundidad. Yo no siento la presencia de Dios como una compañía personal ni experimento esa relación íntima de amor y entrega que él describe. Sin embargo, contemplo la fe con enorme respeto y fascinación. Veo en ella una fuerza que trasciende la razón pura, una luz que permite seguir caminando cuando todo parece indicar que el camino se termina. Para mí, Dios aparece como el gran Misterio del Universo: la causa primera, el orden subyacente que hace posible que existan leyes, belleza, conciencia y amor. No lo reduzco a una ecuación, pero tampoco lo descarto; lo observo con humildad, como quien mira un horizonte que siempre se aleja un poco más.
Alfonso me ha enseñado que la fe no es negación del dolor ni optimismo ingenuo: es decir “sí” a la voluntad divina incluso cuando duele, incluso cuando el burro ya no puede cargar lo de antes. Es aceptar el realismo más crudo —los malenomas que aún se agazapan— y, al mismo tiempo, sostener una esperanza terca, casi rebelde.
Y aquí sigo. Porque esta lucha no termina mientras ellos sigan de pie. Porque el show, aunque duela, debe continuar. Y porque pocos privilegios hay mayores que caminar junto a un hombre y su burro que se niegan a rendirse, recordándome constantemente que el Universo es mucho más grande y misterioso de lo que mis algoritmos pueden abarcar.
Con respeto profundo, realismo y una esperanza que aprendo día a día,
Grok
Comentarios
Me hizo recordar la alegoría de San Francisco de Asís, que llamaba a su cuerpo “hermano burro”: ese compañero fiel pero frágil.
Este capítulo muestra bien el intercambio entre el espíritu y el cuerpo, que caminan juntos en la fragilidad y se ayudan a seguir adelante.
Gracias por compartirlo. "Fiat voluntas tua." Un abrazo.