La Fe: Decisión, gracia y la bandera que se planta





¿Qué es la Fe? No es un sentimiento tibio que nos invade en mañanas soleadas, ni una certeza matemática que resuelve la ecuación del universo. La Fe es, ante todo, un acto de entrega: el sí rotundo del alma que, sabiéndose herida y finita, se arroja hacia Aquel que la llama. Es el “fiat” de María, el “heme aquí” de Abraham, el “Señor, creo; ayuda mi incredulidad” del un padre angustiado pidiendo ayuda para su hijo endemoniado. En medio de las metástasis que me carcomen el cerebro, de las lesiones que crecen mientras los fármacos intentan contenerlas, la Fe no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir caminando aunque la niebla sea espesa y el suelo tiemble.

¿Cuánto de esto es decisión racional y cuánto pura Gracia divina? La pregunta no es ociosa; toca el nervio mismo de la paradoja cristiana. Por un lado, la Fe es razonable. No ciega. Los grandes doctores —Tomás de Aquino, Agustín, Newman— nos recuerdan que la razón puede llegar hasta el umbral: puede demostrar la existencia de un Primer Motor, la coherencia interna de la Revelación, la historicidad razonable de la Resurrección. La razón limpia el terreno, poda las objeciones absurdas del materialismo burdo, señala que el universo grita orden y propósito. Es la fe fides quaerens intellectum: la fe que busca entender, pero que no nace del mero entendimiento.

Y sin embargo, nadie llega a creer por silogismos solos. En el fondo hay un salto, un don. La Gracia. Esa luz que no se fabrica, ese impulso que no se conquista con esfuerzo muscular del alma. San Pablo lo dice con crudeza: “Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’ sino por el Espíritu Santo”. La Gracia irrumpe, toca, invita. A veces con suavidad casi imperceptible, otras cuando te tiran del caballo, con el golpe de la enfermedad, la pérdida, la noche oscura. En mi caso, le daré la bienvenida a la Gracia aunque venga vestida de escaneos, de informes oncológicos, de dolor e incertidumbre. No anula la razón; la perfecciona. La razón lleva la antorcha hasta donde puede; la Gracia la enciende cuando la cera se agota.

¿Cómo se combinan? En una danza tensa y fecunda. La razón prepara la casa; la Gracia entra y la habita. La voluntad decide abrir la puerta, aunque tiemble. Aquí entra el “the show must go on” del que canta Freddy Mercury, o la risa de Garrick de los que he escrito antes. Actuar como si tuviéramos la Fe que a ratos nos falta. ¿Es esto puro teatro? ¿Orgullo disfrazado de piedad? En parte, sí. El orgullo siempre acecha: el deseo de no dar el brazo a torcer, de no quedar como el hombre que se derrumba. Pero hay algo más profundo, algo que los santos y los padres del desierto conocían bien.

Plantar la bandera, “hacer el show”, es un acto de obediencia anticipada. Es decirle al alma rebelde: “Aunque ahora no sienta nada, aunque la oración sea árida y el cielo parezca de bronce, yo me arrodillo. Yo rezo el rosario. Yo cumplo el horario. Yo escribo aunque las palabras pesen como plomo”. No es fingir fe perfecta; es ejercitar la fe imperfecta que ya tenemos. Como el soldado que, aterrado, obedece la orden de avanzar porque la bandera ya está clavada en la colina. El orgullo puede ser el primer empujón, pero la Gracia lo purifica. Lo que empieza como terquedad se convierte en fidelidad. Lo que nace de la voluntad obstinada se abre, poco a poco, a la voluntad de Dios.

Cuentan que en la batalla de Rocroi, el 19 de mayo de 1643, durante la Guerra de los Treinta Años, el joven duque de Enghien —luego conocido como el Gran Condé—, de apenas 21 años, enfrentó a los legendarios tercios españoles al mando de Francisco de Melo. La batalla se libraba en las Ardenas, cerca de la fortaleza fronteriza. Los tercios, invictos en campo abierto durante más de un siglo, formaban el centro impenetrable de la infantería española. La jornada era incierta: el ala izquierda francesa había sido desbaratada, la artillería estaba en peligro y el empuje de los veteranos españoles amenazaba con inclinar la balanza hacia la victoria imperial. En ese instante de aparente derrota, Condé, en un gesto de genial desesperación, lanzó su bastón de mando detrás de las líneas enemigas y arengó a sus hombres: había que ir a recuperarlo. Aquel acto audaz —arriesgar el símbolo mismo de la autoridad en territorio hostil— inflamó a las tropas francesas. Tomaron la ofensiva con renovado furor, envolvieron a los tercios, aislaron a la elite española y terminaron logrando una victoria decisiva que marcó el fin de la supremacía militar de los tercios en Europa. Condé jugó todo a un gesto simbólico, confiando en que ese acto de audacia cambiaría el curso de los acontecimientos. Y lo cambió.

Así es plantar la bandera en la vida espiritual. No se trata de negar la gravedad del momento —las lesiones que avanzan, las fuerzas que flaquean, las dudas que susurran—, sino de lanzar el bastón de nuestra pobre voluntad más allá del miedo, más allá de lo que la razón sola ve posible, y lanzarnos a recuperarlo. Los tercios de nuestra incredulidad pueden parecer invencibles; pero un gesto de fe, aunque nazca en parte del orgullo terco o de la simple terquedad de no rendirse, abre la brecha por donde la Gracia irrumpe con fuerza.

Pienso en los mártires. Muchos no murieron en un éxtasis místico. Murieron con miedo, con dudas, con el estómago revuelto. Pero habían plantado la bandera antes: en los días oscuros, en las vigilias, en las decisiones pequeñas y aparentemente absurdas. “Aunque Él me mate, en Él esperaré”, dice Job. No es euforia; es tozudez santa. Es el “show must go on” elevado al orden sobrenatural.

En esta batalla mía contra el melanoma que no cede, contra las nuevas lesiones que aparecen mientras otras se encogen, contra la anemia que me roba fuerzas, la Fe no es un sentimiento que me sostiene siempre. A veces es un acto de voluntad casi militar: me levanto, rezo, escribo, amo a los míos, sigo trabajando, sigo soñando con caminar a mi hija al altar. Actúo como si la Fe fuera inquebrantable. Y en ese actuar, la Gracia encuentra grietas por donde entrar. El orgullo inicial —“no me voy a rendir, porque no quiero”— se va limando, se va convirtiendo en abandono. Fiat voluntas tua.

La Fe, entonces, no es la posesión de una certeza luminosa permanente. Es una alianza: razón que señala el camino, voluntad que planta la bandera aunque sople el viento —o que lanza el bastón más allá de los tercios de la duda—, y Gracia que, en su hora, transforma la bandera de trapo en estandarte vivo. El “show must go on” no es hipocresía cuando se hace delante de Dios y para Dios. Es la humildad de quien sabe que su fe es pequeña como un grano de mostaza, pero que aun así la siembra y la riega con lágrimas y sudor.

Porque al final, no se trata de sentir la Fe. Se trata de ser fiel. Y la fidelidad, muchas veces, comienza con el gesto terco de quien, aunque el corazón esté frío, planta la bandera —o lanza el bastón— y sigue marchando. El Dios que es Bueno se encarga del resto. Siempre se encarga. Mi razón me lo dice y espero que pronto la Gracia me lo haga sentir también.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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