El eco de las voces zulúes
Hoy fui a misa de diez de la mañana, y había un sacerdote de la Orden de los Siervos de María que había venido desde Chicago para recoger fondos para las misiones que su congregación sostiene en KwaZulu-Natal. Mientras comenzaba a hablar de aquel trabajo apostólico, mi memoria se abrió como un dique y me arrastró, sin resistencia posible, hasta una mañana de fines de los años ochenta, cuando con un amigo visité una misión en aquel mismo territorio del sur de África.
El sol aún no había nacido. Dentro de una choza zulú de techo de paja y piso de tierra —esas construcciones que la tribu viene levantando desde hace casi dos siglos—, el padre Bedingfeld preparaba el altar con la luz temblorosa de unas velas. Los fieles eran pocos. Y entonces cantaron. Voces polifónicas, claras, sin vacilación, alegres, que llenaban el espacio entero y seguían subiendo más allá de la paja, hacia el cielo que el amanecer se empezaba a teñir de oro y de rosa. Estábamos perdidos en el verde profundo de Zululandia y aquellas oraciones de un pueblo guerrero se elevaban como incienso hacia el Creador. Allí, mientras el sacerdote recreaba de forma incruenta el sacrificio de la Cruz y alzaba la Hostia, verifique una vez más que una cadena invisible —la misma que une a la Iglesia católica, universal e indestructible— nos enlazaba a millones de fieles y a miles de santos que, a lo largo de los siglos, habían vivido idéntico misterio de rodillas y habían elegido creer, y por un instante al menos, ser mejores. Era el mandato perenne del Señor cumpliéndose sin interrupción desde que los Doce salieron a los caminos polvorientos del mundo conocido a predicar el Evangelio.
Ese recuerdo me volvió como un río desbordado acá, sentado en un banco de madera de una iglesia enorme y medio vacía, donde el aire acondicionado zumbaba con violencia y un coro bienintencionado pero torpe distraía más que elevaba el alma hacia el mismo sacrificio incruento al que asistí hace casi cuarenta años. Levanté los ojos hacia el gran Cristo que pendía de la cruz detrás del altar y le agradecí en silencio que me hubiera devuelto aquella mañana africana con tanta nitidez y tanta fuerza. Fue como si, en medio de la misa de todos los domingos, a esas que yo voy muchas veces por obligación o por inercia, Él quisiera recordarme que la misma sangre que se ofreció en aquella choza zulú sigue siendo ofrecida aquí, ahora y todas las veces que me sentí incómodo en una misa, que me distraje con un cura que no seguía la liturgia como corresponde, con una feligresía que parecía estar asistiendo un recital y a no este misterio de fe donde el cielo toca la tierra.
Y como si Dios, que es Bueno, quisiera colmarme de regalos en una sola mañana, el sacerdote contó que pertenecía a la Orden de los Siervos de María y que uno de sus hijos más ilustres es san Peregrino Laziosi (1265-1345), quien, ya cerca de los sesenta años, padeció un cáncer en la pierna que fue milagrosamente curado antes de que el médico llegara a amputársela. Vivió muchos años más. Desde entonces es el patrono celestial de cuantos sufren esa enfermedad.
Al salir de misa, cuando le conté mi historia, el sacerdote me bendijo y, poniendo sus manos sobre mi cabeza, pidió a Dios y a san Peregrino que me asistieran en este trance.
Y todo esto lo viví en una semana que trajo la triste noticia del cisma y la excomunión de muchos católicos. Pero la cadena invisible no se había roto. La misma que unió aquella choza zulú con el Cenáculo y con el Calvario seguía intacta, y me alcanzaba también a mí en esta parroquia de Ohio.
Sólo puedo decir que esta es la Iglesia que quiero y por la que vivo: ciertamente una Iglesia con manchas y arrugas, pero poseedora de una historia y una continuidad que, al menos para mí, son prueba suficiente de que se trata de aquella barca frágil que, pese a las tormentas y a las divisiones de los hombres, sobrevive porque Jesús, aunque parezca dormido en la popa, permanece con nosotros.
Fiat voluntas tua.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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