La rutina del cansancio y la espada que ya no asombra



Hay una quietud extraña en esta nueva etapa, como si el cuerpo hubiera firmado un pacto silencioso con la fatiga. Ya no es el cansancio agudo del principio, aquel que llegaba como un asalto nocturno y me dejaba tambaleando al amanecer. Ahora se ha instalado, permanente, casi doméstico. Es el huésped que no se va, que comparte la mesa, que se sienta a mi lado mientras escribo estas líneas en South Euclid, con la luz gris de Ohio filtrándose por la ventana.  

Los tumores en el cerebro, esos intrusos rebeldes, ya no provocan el mismo terror primordial. Las intervenciones se han vuelto rutina: Gamma Knife, imágenes que muestran nuevas sombras, ajustes de dosis, la espera. Como quien va al taller a reparar el mismo motor que falla una y otra vez. ¿Cuántas veces más entraré en esa máquina, con la cabeza inmovilizada, confiando en que los rayos precisos quemen lo que no debe estar allí? He perdido la cuenta. La novedad del horror se ha desgastado, y en su lugar queda esta meditación serena y cruda: esto es lo que soy ahora. Un hombre de 63 años, alto como un mástil antiguo, sosteniendo con las manos la bandera de su propia resistencia.  

¿Cuánto durará esto?  

La pregunta flota en el aire como incienso en una catedral vacía. No busco respuesta científica; las proyecciones, los escáneres, los marcadores tumorales ya hablaron lo suyo. Hablo de otra duración, más profunda. ¿Cuánto resistirá el espíritu esta repetición monótona de la batalla? ¿Cuánto tiempo más podré levantarme, besar a mi mujer, pensar en la boda de mi hija en la catedral de San Mateo, y seguir escribiendo como si la pluma no pesara toneladas?  

Recuerdo a los santos que tanto leo en el Martirologio. San Justino, San Felipe Neri, tantos otros que llevaron su cruz no como excepción, sino como vocación diaria. No hubo milagro espectacular que les quitara el peso de golpe; hubo fidelidad en lo ordinario. *Fiat voluntas tua*. Que se haga Tu voluntad. No es resignación cobarde, sino la aceptación combativa del idealista melancólico que siempre he sido. Acepto la rutina porque rechazo la desesperanza. El cansancio se ha instalado, sí, pero yo también me he instalado en él, como el soldado que aprende a dormir con la armadura puesta.  

Hay una poesía en esto, casi nerudiana: el mar de la enfermedad que golpea sin cesar, y uno que aprende a ser roca sin dejar de sentir cada ola. Miro a mi familia —mi mujer filósofa, mis hijos en sus propias travesías— y encuentro el sentido que ninguna resonancia magnética puede capturar. El más joven, Nicolás, en Chicago, abriéndose camino; mi hija, cuyo vestido de novia ya imagino brillando bajo las bóvedas sagradas. Quiero llegar. No por terquedad, sino por amor.  

Y sin embargo, la crudeza no se oculta: hay días en que el cuerpo parece una casa vieja cuyos cimientos se hunden lentamente. La neuropatía de los medicamentos, la anemia que susurra debilidad, las nuevas lesiones que aparecen como traiciones discretas. La ciencia hace lo que puede —Tafinlar, Mekinist, los rayos precisos— pero llega un punto en que la meditación debe tomar la delantera. Aquí, en la quietud de la mañana, me pregunto si esta rutina no es también una forma de purificación. Despojarme de ilusiones de control absoluto. Aprender que la vida, en su esencia, siempre fue esto: una sucesión de días, algunos luminosos, otros grises, y la gracia que nos permite atravesarlos de rodillas, pero de pie.  

¿Cuánto durará? Solo Dios lo sabe con certeza. Yo solo sé que mientras respire, escribiré. Que mientras pueda abrazar, abrazaré. Que la melancolía argentina que llevo en la sangre se mezcla con la esperanza católica que me sostiene: no hay declinación sin posible resurrección, ni cruz sin domingo.  

En esta nueva etapa, el cansancio es mi compañero de celda. Lo miro a los ojos y le digo, sin dramatismo: estás aquí, bienvenido. Pero no mandarás. Yo sigo siendo el que camina hacia la luz, aunque sea con pasos lentos y pesados.  

Fiat voluntas tua.

Y que la pluma, aunque tiemble, no se detenga.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Tradición Familia Propiedad

El cáncer y yo

Exalumnos