Moradas
Jesús nos construye moradas en el Cielo, pese a nuestras faltas
En la noche más oscura de la historia, la noche de la traición, cuando el miedo ya rondaba como un lobo entre los discípulos y el olor a muerte flotaba en el aire, Jesús no pronunció palabras de reproche ni de juicio severo. Dijo algo que sigue resonando a través de los siglos como una promesa que desafía toda lógica humana: «En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar?» (Jn 14,2).
No lo dijo a santos impecables. Lo dijo a hombres que pronto lo abandonarían, como a Pedro que lo negaría tres veces antes que cantara el gallo pese a haber sido testigo de tantas maravillas. Lo dijo sabiendo todas nuestras miserias futuras: las mías, las tuyas, las de cada alma que ha manchado su conciencia con el barro del mundo el demonio y la carne. Y sin embargo, promete construirnos una morada. Un hogar. No un calabozo, no un rincón prestado para que lo veamos de lejos, sino un lugar único en la casa del Padre.
Esta es la grandeza escandalosa del Evangelio. El mismo Jesús que expulsa a los mercaderes del Templo con látigo de cuerdas, que denuncia la hipocresía farisaica con palabras que queman, es el mismo que, en el umbral de la Cruz, se ofrece a prepararnos habitación eterna. No a pesar de nuestras faltas, sino a sabiendas de ellas. Las conoce todas. Las ha cargado ya sobre Sus hombros llagados.
El artesano divino
Imagínenlo. Mientras nosotros acumulamos deudas morales —egoísmo, cobardías, palabras hirientes, silencios cómplices, idolatrías modernas disfrazadas de progreso—, Él, el Carpintero de Nazaret, sigue trabajando. Sus manos, que formaron el universo, ahora labra moradas celestiales. Cada acto de arrepentimiento nuestro, cada confesión sincera, cada esfuerzo por levantarnos después de caer, es material que Él usa. No desecha las ruinas de nuestra vida; las redime.
San Agustín lo entendió profundamente: Dios escribe recto con líneas torcidas. Santa Teresa de Jesús, esa gran castellana de alma ardiente, repetía con gozo que el Señor no mira tanto las grandes obras como el amor con que se hacen. Y yo, un pecador de este tiempo crepuscular, que lucho cada día contra un cuerpo que se desmorona bajo el peso del melanoma, puedo dar testimonio vivo: mis faltas son muchas, mis fuerzas pocas, pero la promesa permanece intacta. Aunque mi carne falle, aunque mi memoria se nuble y mi paciencia se agote, Jesús me sigue preparando un lugar.
No es un lugar genérico. Es mi morada. La tuya. Adaptada a la historia única de cada alma. Allí, donde no hay más lágrimas ni enfermedad ni separación, nos espera la plenitud que aquí solo vislumbramos en momentos de gracia: la sonrisa de mis hijos, la mano de mi mujer, la fe sencilla que sostiene a la familia en medio de la tormenta. Todo purificado, todo elevado, todo hecho eterno.
Pese a nuestras faltas
El demonio, ese viejo mentiroso, quiere convencernos de lo contrario. Susurra que ya es tarde, que nuestras culpas son demasiado graves, que la morada será para otros más dignos. Mentira. El Buen Ladrón, con una sola frase nacida del arrepentimiento en el último instante, oyó de labios de Jesús: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Una morada improvisada en la cruz misma, pero morada al fin.
Nuestras faltas no anulan la promesa; la hacen más gloriosa. Porque el Cielo no es premio a la perfección humana —ninguno de nosotros la alcanzaría—, sino triunfo de la Misericordia divina. Jesús no nos construye moradas porque nos las merezcamos, sino porque nos quiere. Y el amor de Dios no calcula como calculamos los hombres.
Por eso, en estos días de pruebas, entre el cansancio del tratamiento y las noticias de progresión, vuelvo una y otra vez a estas palabras del Evangelio. Me aferro a ellas como el náufrago a una tabla. «Voy a preparar lugar para vosotros». Aunque yo no pueda prepararme del todo, Él sí puede. Y quiere.
Ven, Señor Jesús
Que esta verdad nos consuele y nos exija a la vez. Nos consuele, porque nadie está excluido mientras haya aliento para arrepentirse. Nos exija, porque quien espera una morada en el Cielo no puede vivir como si esta tierra fuera su única patria definitiva.
El Señor Jesús, artesano de eternidades, sigue construyendo pese a nuestras ruinas. Que se acuerde de nosotros, hijos pródigos que volvemos una y otra vez. Que nos prepare un lugar, y cuando llegue la hora, que venga Él mismo a buscarnos. Que donde Él está, nosotros también estemos para siempre.
Fiat voluntas tua!
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