El tiempo que queda



Dicen que el tiempo no se puede comprar. Y es verdad. Ni el oro, ni el poder, ni la ciencia más avanzada logran detener su marcha. El tiempo marca el paso a todos por igual: al rico y al pobre, al fuerte y al débil, al que se cree dueño de su destino y al que ya sabe que no lo es. Incluso la naturaleza misma se somete a su ritmo inexorable. Las estaciones cambian, las hojas caen, los ríos siguen su curso hacia el mar. Nada de lo creado puede comprar un solo instante más de lo que le ha sido concedido.

Con esto en mente, no puede haber regalo más valioso que el regalo del tiempo. Solo Dios puede darlo. Y Él me lo regaló cuando yo pensé que se me había acabado. En el momento en que el melanoma me empujó al borde de la tumba hace dos años, cuando el reloj parecía haberse detenido de golpe, me fue concedido este ocaso lento, este espacio inesperado para seguir caminando. Desde aquel día, el tiempo dejó de ser el río indiferente que antes dejaba correr entre los dedos. Se convirtió en un regalo medido, un ocaso deliberado que la misericordia de Dios tendió ante mí. Use ese tiempo para batallar contra el melanoma, recibiendo los tratamientos que la ciencia ofrecía en las circunstancias. Y esa batalla continúa hoy, aún cuando todo indica, finalmente, que una victoria médica no está en el horizonte. Pero al mismo tiempo desde el primer día cuando vi las imágenes de esos tumores desperdigados por mi cuerpo, empezó la otra lucha, más profunda y silenciosa: aprender a decir de verdad Fiat voluntas tua.

Una muerte súbita entonces me habría encontrado desprevenido. No habría tenido espacio para ordenar el alma, para pedir perdón con más insistencia, para mirar a los míos con la claridad que solo concede la cercanía del umbral al más allá. Como tantas cosas, apreciamos lo que no tenemos y damos por sentado lo que sobra. El tiempo abundante se desperdicia; el tiempo escaso se vuelve un maestro. Y este ocaso que se ya se alargó más de lo esperado es, precisamente, un maestro severo y bondadoso.

Yo necesitaba tiempo porque el alma y el cuerpo no se rinden de un golpe. Al menos no en mi caso. El Fiat no es una frase que se pronuncia y hace su magia. Es un estado de ánimo, una disposición que debe grabarse, capa tras capa, en la voluntad, en los afectos, en los hábitos mismos de la carne. La naturaleza herida resiste. El orgullo, el apego, el miedo a perder el control, la costumbre de vivir como si los días fueran infinitos, como si, de hecho, no debemos nuestra vida a Dios: todo eso no se desarma con un solo acto de fe. Se desarma con la misma tenacidad con que se forja el metal o se educa un caballo salvaje. Las virtudes, enseña la doctrina tradicional de la Iglesia, se adquieren por actos reiterados bajo la gracia. El cuerpo, tan unido al alma, también debe aprender: el nervio que se tensa, la respiración que se acelera, la práctica automática del auto-control. Todo necesita ser reeducado hasta que la aceptación deje de ser esfuerzo heroico (que no es sustentable) y se convierta, poco a poco, en algo tan natural como respirar.

Es entonces cuando se revela la relación íntima entre tiempo y paz. La verdadera pax Christi no llega como un rayo. Llega como fruto maduro de un proceso. Cuando el alma ha tenido espacio para meditar una y otra vez la misma verdad —que Dios es Padre, que su voluntad es amorosa aunque misteriosa, que nada escapa a su Providencia—, esa verdad deja de ser idea y se vuelve convicción. La meditación y la repetición son el entrenamiento lento que exige tiempo. Solo entonces la paz deja de ser un sentimiento frágil y se convierte en estado del alma: la quietud de quien ya no pelea contra lo que Dios permite. No porque se siente derrotado o desesperado. Porque entiende que esa pelea lo aleja del destino anhelado.

Quien ha vivido como yo una vida lejos de lo espiritual —distraído por el trabajo, por las preocupaciones, por el ruido del mundo— necesita especialmente ese tiempo. El alma llega desordenada. Las prioridades invertidas. Las expectativas ancladas en lo temporal. Los comportamientos respondiendo a hábitos mundanos. El tiempo que Dios concede entonces no es solo una prórroga médica: es una misericordia pedagógica. Es el espacio para recalibrar. Para mirar de nuevo qué es lo verdaderamente importante. Para soltar lo que se tenía por indispensable. Para aprender a esperar de Dios lo que antes se esperaba de la propia fuerza.

Y así vivo cada día: sin saber si es el último o uno más de una larga cuenta que solo Dios conoce. No hay dramatismo. Hay simplemente una encrucijada constante entre lo inmediato que pide atención, el pasado que aún pesa o consuela, y lo eterno que ya se asoma. Aceptar ese misterio —no resolverlo, sino aceptarlo— me abre el alma a lo verdaderamente importante. Lo que antes generaba ansiedad pierde urgencia. Los rencores se aflojan. Los gestos pequeños (propios y ajenos) adquieren peso. Uno descubre que lo esencial no estaba en el control del mañana, sino en la fidelidad de hoy: en la oración hecha, en la palabra dicha con verdad, en el amor ofrecido sin garantía de tiempo.

Este ocaso lento, pues, no es un fracaso. Es una escuela. Dios no me arrancó de golpe. Me ha regalado tiempo para aprender a soltar, para amar con más pureza, para rezar con más urgencia, para que el Fiat deje de ser solo palabras y se vuelva el ritmo mismo de la vida que aún me queda. Rezo todas las noches para que Dios me ayude a mantener esta paz, y use la calma y el silencio como espacio propicio para derramar su gracia. Y cuando llegue el momento final, espero poder entregarlo todo como se entrega un día bien trabajado: cansado, sí, pero en paz, sabiendo que el tiempo que se acaba aquí es solo el preludio del Tiempo que no acaba nunca.

Fiat voluntas tua.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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