El tálamo



En unos minutos salgo al Seidman Cancer Center acá en Cleveland a hacer una serie de tests ya que los médicos quieren ver si uno de mis tumores en el cerebro, el más grande que ya mide 10mm y se ha instalado cómodamente en mi tálamo, es tratable con radiación y podemos hacer algo a respecto. 

Vivir con un tumor en el tálamo es habitar una habitación oscura en el centro mismo de la casa. No es un rincón olvidado, ni una pared lateral que uno puede ignorar. Es el núcleo. El tálamo no grita; susurra. Y lo que susurra llega a todas partes. 

Allí, en ese pequeño nudo de sustancia gris, se cruzan los caminos de la sensación y del movimiento, de la alerta y del sueño. Un tumor que crece en ese sitio no invade como un ejército ruidoso. Se instala como un inquilino silencioso que, de pronto, empieza a empujar las paredes desde dentro. A veces apenas se nota: un hormigueo que no corresponde a nada, una debilidad fugaz en un brazo, una palabra que se niega a salir completa. Otras veces el cuerpo se vuelve ajeno por unos segundos, como si alguien hubiera cortado el cable que une la voluntad con la carne.

Y siempre está la posibilidad del derrame.

El melanoma, cuando se asienta en el cerebro, tiene una afición especial por la sangre. Es un tejido frágil, hipervascular, que puede romperse sin aviso. Una microhemorragia, como la que ya tuve una vez, es apenas un aviso. Un derrame mayor en el tálamo puede apagar la luz de un golpe. Puede dejar el cuerpo paralizado de un lado, o ciego a medias, o mudo, o sumido en un estado de conciencia confusa del que uno no regresa del todo. Puede, también, ser el fin.

No es una amenaza lejana. Es una posibilidad que camina a mi lado cada mañana cuando me levanto y cada noche cuando cierro los ojos. Sé que un derrame puede ocurrir mientras duermo. Sé que puedo despertar —o no despertar— en un mundo donde ya no soy el mismo. O donde simplemente ya no estoy.

Y sin embargo, aquí estoy. Todavía escribo. Todavía rezo. Todavía disfruto y soy útil a mi mujer y a mis hijos. Todavía siento el peso y la gracia de seguir siendo padre y esposo en medio de esta frágil arquitectura.

Fiat voluntas tua.

Durante años creí que esa frase era una fórmula, casi litúrgica, que se recitaba con solemnidad en el Padre Nuestro. Ahora sé que es otra cosa. Es la renuncia al control. Es admitir con sinceridad y sin dramatismos, que nunca estuve realmente en control. Yo siempre quise planear. Anticipar. Ordenar el futuro como quien dispone las piezas de un tablero de ajedrez antes de que empiece la partida. Quería saber cuándo, cómo, hasta dónde. Usar la corbata que combinase con las medias y el cinturón del color de los zapatos. Quería tener todo previsto: los papeles, las cuentas, las palabras que debían decirse, los gestos que debían hacerse. Quería, en definitiva, cumplir las reglas que había elegido para mi vida. Ser predecible y así evitar sorpresas.

Pero Dios, en mi caso concreto, me ha pedido otra cosa. Me ha pedido soltar el tablero. Me ha pedido que deje los planes en Sus manos, no porque los planes sean malos, sino porque el deseo de controlarlos se había convertido en una forma sutil de no confiar. El Fiat no es pasividad. Es la aceptación activa de que mi vida ya no es un proyecto mío que debo administrar hasta el final, sino un don que se me está pidiendo devolver, poco a poco, con las manos abiertas. No es fácil.

Hay una libertad extraña en eso. Una libertad que duele al principio, porque duele soltar lo que uno ha agarrado durante décadas como si fuera un dueño. Pero después, muy de a poco, llega una paz distinta. Ya no necesito saber si el derrame llegará mañana o dentro de seis meses. Ya no necesito calcular si alcanzaré a caminar a mi hija por el pasillo de la catedral con ese traje que ya tengo elegido. Eso también está en Sus manos. Yo sólo tengo que seguir estando presente mientras el cuerpo aguante, seguir amando mientras pueda amar, seguir escribiendo mientras las palabras no se me escapen del todo. Y ofreciendo esta entrega en paz como pobre ofrenda con la esperanza de una gracia que me de una buena muerte y me abra las puertas del cielo, esas para las que San Pedro tiene las llaves como leímos en el Evangelio del domingo pasado.

Fiat voluntas tua no es una rendición derrotada. Es la decisión de dejar de pelear contra la realidad de mi propia limitación. Es reconocer que el control que tanto busqué era, en el fondo, una ilusión elegante. Y que la verdadera dignidad no está en dominar el desenlace, sino en recibirlo cuando venga, con la misma firmeza con que uno recibe un cáliz.

Hoy, en el centro de mi cerebro, el tálamo late como un reloj que puede detenerse de un golpe. O no. Los planes que me quedan pueden truncarse. O no. Y aun así, digo: hágase Tu voluntad.

No porque ignore el peligro, sino porque no quiero que el peligro sea el dueño de mi esperanza.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El tiempo que queda

Tradición Familia Propiedad

Otro más muerde el polvo