Otro más muerde el polvo


Era tarde en Lyndhurst. La casa en silencio. Ella dormía. Yo no.

Me puse los auriculares casi por costumbre, como quien se sienta a pelear otra ronda con lo que no se va. Empezó la lista vieja de esas canciones de Queen, a las que me había introducido mi primo Tomás hace tantas décadas.

Is this the real life?

Sí. Era real. Las imágenes del cerebro, los puntos que no debían estar, el suelo que se abrió aquella tarde en el hospital y nunca volvió a cerrarse del todo. No era fantasía. Era el golpe. Y yo seguía aquí, con el cuerpo pesado y la cabeza a medias.

Después llegó la presión.

Under pressure…

No hacía falta explicación. La presión de los fármacos, de la anemia, de seguir trabajando, de no dejar que el miedo se sentara a la mesa. De mirar a mi hija y seguir prometiéndome estar en su boda aunque los números del oncólogo dijeran otra cosa. Pressure. Y debajo de la pressure, la decisión seca de no ceder.

El bajo entró seco:

Another one bites the dust.

Pensé en los tumores. Uno que se quietaba. Otro que crecía. Uno que el Gamma Knife se llevaba. Otro que reaparecía. Another one. Y yo todavía respirando. No por heroicidad. Por terquedad. Porque todavía no me habían dado permiso para irme.

De pronto sonó algo más viejo.

Radio Ga Ga…

Y por un segundo volví a aquellos años. Las voces que escuchaba entonces como quien escucha una sola estación. El calor de pertenecer. La certeza cerrada. El lenguaje propio. Después vino el desencanto, la salida, el reconocimiento de lo sectario. Ya no escuchaba esa radio. Pero la canción todavía tenía ecos de una adolescencia ideológica y a algo que, con el tiempo, tuve que dejar atrás sin renegar de todo lo aprendido. La guardé sin dramatizar. Solo pasó.

Más adelante, casi con sorpresa:

It’s a miracle…

Me quedé quieto. ¿Milagro? Llamar milagro a este cansancio, a estas lesiones, a esta cuenta regresiva. Y sin embargo… sí. Estaba escribiendo todavía. Había hablado con mis hijos esa tarde. Seguía queriéndola. Seguía diciendo Fiat aunque a veces saliera a regañadientes. Un milagro pobre, imperfecto, pero milagro al fin.

Entonces apareció ella en la canción.

I was born to love you…

No era metáfora. Era simple y verdadero. Había nacido para quererla. Y la quería todavía, con este cuerpo averiado, con esta cabeza llena de sombras, con esta certeza de que el tiempo se acorta. La miré dormir un momento. No hice nada más. Solo estuve ahí.

The show must go on.

Lo sabía. El maquillaje se descascaraba. El cuerpo ya no mentía. Pero el show seguía: levantarme, rezar aunque la mente estuviera nublada, escribir aunque saliera torcido, no soltar la mano de los que quería. No había gloria en eso. Solo la decisión de no abandonar el escenario mientras todavía hubiera aliento.

These are the days of our lives.

Estos. Los que quedan. Los medidos. Los que Dios me había prestado después de empujarme al borde. Días imperfectos, cansados, a veces grises. Pero días. Y en ellos todavía cabía el querer, la escritura, la promesa de caminar a mi hija por una nave de iglesia.

Por último:

Who wants to live forever…

Contesté en voz baja:

—Aquí no. Solo quiero vivir lo que me diste. Y entregarlo entero cuando toque.

Apagué la música. Me quedé un rato en la oscuridad.

Esa noche otro más había mordido el polvo: el miedo.

Y yo, de rodillas pero todavía de pie, seguía.

Fiat voluntas tua.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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