Parte médico: marchando a un nuevo frente
Este jueves (¡mañana!) empiezo el primer paso de la última carta que la ciencia tiene para jugar.
No lo digo con dramatismo de cartelera. Lo digo como se dice una fecha en el calendario: el jueves operan para extraer un tumor. No para “sacarme el cáncer”, que sería una frase demasiado limpia para lo que realmente ocurre. Lo extraen porque dentro de esa masa —en esa plaza que el enemigo ya ocupó— hay soldados míos. Linfocitos que se infiltraron en el tumor, lo reconocieron, y sin embargo no alcanzaron. Se llaman TIL: tumor-infiltrating lymphocytes. Linfocitos infiltrantes del tumor. Células de mi propio sistema inmune que ya estuvieron en la trinchera y, por eso mismo, saben a qué huele el enemigo.
La terapia consiste en esto, dicho sin el folleto promocional: el cirujano corta un trozo de tumor —o el tumor entero, si la anatomía lo permite— y lo manda a un laboratorio especializado. Allí separan esos linfocitos de la carne enferma, los estimulan con interleucina-2 y los multiplican durante semanas hasta obtener miles de millones. Mientras tanto, yo no “descanso”. Recupero de la cirugía lo mejor que pueda. Luego, si las células crecen como se espera, me ingresan para una quimioterapia de linfo-depleción: no para matar al cáncer, sino para vaciar el campo de mis propias defensas, hacer lugar a este nuevo ejército cultivado. Después viene la infusión de mis TIL y, en el protocolo clásico, dosis de IL-2 para que no se apaguen al volver a casa. Todo esto requiere internación para manejar lo que viene después, porque lo que viene después no es un resfriado.
Mis médicos lo presentaron como lo que es: la última opción seria que ofrece hoy la ciencia para intentar derrotar este cáncer. Detrás de esa frase hay un inventario que ya se gastó. Hubo inmunoterapia, con sus nombres imposibles de recordar y su promesa de despertar al sistema sin el infierno de la quimio clásica. No bastó. El enemigo, después de años atrincherado, no le tuvo el miedo que el protocolo esperaba. Otras líneas se intentaron o se descartaron. No estoy eligiendo entre abanico y abanico. Estoy tomando lo que queda sobre la mesa cuando las demás armas ya dispararon y el campo no se rindió.
Tampoco voy a disfrazar lo que puede doler. La cirugía, aunque la elijan en el sitio más “fácil”, sigue siendo cirugía: anestesia, herida, riesgo de infección, de sangrado, de que el cuerpo, que ya lleva años de guerra, se resienta más de lo previsto. Después, la espera. Esa espera no es neutra. El cáncer no firma un armisticio mientras las células crecen en una incubadora. Luego la quimio que deja los recuentos en el suelo: infecciones, sangrados, fatiga que no es cansancio de oficina. La IL-2 puede provocar fiebre, hipotensión, fuga capilar —los líquidos se escapan de los vasos hacia los tejidos—, problemas de riñón, de pulmón, de corazón. Donde me internan, el University Hospital en Cleveland, tiene UCI a mano porque a veces hace falta. Hay series en las que la mortalidad asociada al régimen ronda el 5%. Quien diga lo contrario está vendiendo otra cosa.
Mientras llega el jueves, yo ya no vivo en el cuerpo de antes. Hay una expresión inglesa, new normal, que se traduce con torpeza como “nueva normalidad”. No es normalidad. Es el paisaje de estos días. Las piernas tienen cada vez menos sensibilidad: una neuropatía que no grita, que apaga. Uno camina y el suelo llega amortiguado, como si el telegrama del tacto se retrasara o se perdiera por el camino. Encima de eso, sin aviso, llegan espasmos musculares. El dolor es intenso. Gracias a Dios, breve. Pasa como un cañonazo que no se instala a vivir, pero mientras dura no hay metáfora que lo mejore. Y por debajo de todo, como clima y no como episodio, un cansancio general que me acompaña como una manta pesada. No es sueño. Es peso. Se pone uno encima por la mañana y no se saca del todo ni de noche.
Lo sé. Lo acepto sin teatro. No porque sea valiente. Porque ya aprendí, en las noches en que el dolor no dejaba dormir más de dos horas y el pajama amanecía empapado, que el sufrimiento es solitario y que las frases hechas no pagan el peaje. En 2024, cuando el Dr. Mangla me habló de días o semanas si no se hacía nada, y el PET parecía un árbol de Navidad al revés, tomé un lema que no era mío: Fiat voluntas tua. La misma oración que Cristo rezó en el Huerto cuando el cáliz no se apartaba. Entonces compré tumbas, escribí contraseñas, cancelé Londres y Zagreb, y me confesé. No porque mi fe fuera un faro. Era —y sigue siendo— una vela que chisporrotea. Pero es la mía. La de mis padres y mis antepasados. La que no quiero que, llegado el umbral, resulte un discurso vacío. Una mentira.
Este jueves no cambio de lema.
No le pido a Dios que el laboratorio produzca el número mágico de células, ni que la infusión “funcione” como en los casos que se publican con fotos sonrientes de un antes y un después. Se lo pido, sí; sería hipócrita fingir que no quiero vivir, que no quiero más tiempo con Dolores, que no quiero que estas piernas recobren el parte que ya no mandan y pueda caminar en la Catedral de San Mateo entrando a mi hija en su casamiento. Pero no pongo condiciones. La confianza no es un contrato de resultados. Es la decisión, renovada con miedo y sin dramas, de no resbalar ahora que el puente otra vez tiene arena. The show must go on: no como cinismo de escenario, sino como disciplina. Si este camino sirve, bendito sea. Si sirve sólo para que yo atraviese esta etapa sin cerrar puertas ni quemar puentes, también. Si el desenlace es otro, que al menos no me recuerden como el hombre que pasó sus últimos actos renegando de lo que toda la vida dijo creer.
Hay una ironía que no se me escapa. Durante años el cáncer avanzó mientras se lo miraba de reojo. Ahora la ciencia propone usar precisamente lo que el tumor ya contenía: mis propias células, las que entraron y no alcanzaron, criadas fuera, devueltas en masa. Como si el enemigo hubiera guardado, sin saberlo, la semilla de su posible derrota. Puede funcionar. En melanoma avanzado, que es donde se cuentan los pocos éxitos de esta terapia, hay respuestas duraderas en una minoría no despreciable de pacientes que ya habían agotado otras armas. En otros tumores sólidos se investiga. “Última opción” no significa “opción inútil”. Significa que el inventario se acabó y esto es lo que queda.
Tampoco significa que yo sea pionero. El camino está trillado por otros que se sentaron donde yo me sentaré, con otra hoja con preguntas, otra birome y la misma pregunta por las probabilidades. Las cifras, como entonces, sirven tanto al que quiere aferrarse al treinta como al que se hunde en el cinco. Mi número sigue siendo el de siempre: el que Dios quiera.
A quienes recen, les pido lo de siempre: no milagros de vitrina. Que la cirugía salga limpia. Que el tejido sirva. Que yo recupere lo suficiente para lo que viene. Que Dolores tenga fuerzas. Que esta manta de cansancio no me robe del todo el oficio de estar presente. Y que, si esta vela no ilumina gran cosa, al menos no se apague por cobardía.
El jueves me duermen, cortan, y mandan un pedazo de mí a un laboratorio para que intenten fabricar un ejército con lo que el tumor ya había invadido. Es extraño. Es duro. Es, según me dicen quienes saben, lo último que la medicina tiene para ofrecer en esta guerra, después de que lo anterior fracasara.
Yo voy. Con miedo, sin peros, y con la misma brújula:
Fiat voluntas tua.
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