Dios es bueno
Lo vi por última vez en noviembre de 2022, en la quinta de mi hermana y mi cuñado, cerca de Rivas en la provincia de Buenos Aires. Un encuentro de exalumnos que tenía algo de milagro y algo de despedida. Henrique llegó desde Brasil ya muy frágil, menos de cuatro meses antes de presentarse ante su Creador. No podía sostenerse en pie. Le costaba respirar. Celebró la Misa sentado, con la casulla dorada sobre el alba, la voz todavía firme, el gesto de la mano alzándose como si el cuerpo débil no importara. Había preparado aquella homilía para nosotros. No un discurso genérico. Un sermón hecho a la medida de nuestras historias, de nuestras heridas, de lo que habíamos sido y de lo que habíamos dejado de ser. El mensaje cabía en tres palabras que, para quienes no conocieron cierta deformación de la infancia, pueden sonar baratas: Dios es bueno.
Después nos sentamos juntos bajo un árbol. Él en la hamaca de lona verde y blanca, yo a su lado. La foto lo muestra con la boca entreabierta, el rostro marcado por la enfermedad, la sotana blanca de diario. Yo, canoso, apoyado contra él. No hacía falta hablar mucho. Las amistades entre hombres, las verdaderas, no precisan mantenimiento diario. Se retoman como si el tiempo no hubiera pasado. Tres meses después moría en Brasil, el 1 de marzo de 2023, a los cincuenta y nueve años, de una infección pulmonar. Había sobrevivido al COVID, a una hospitalización larga, a un doble trasplante de pulmón en Italia que pareció milagro y no alcanzó. Lo enterraron en la tumba familiar de Pensilvania. Conduje las horas que hicieran falta para despedirme y saludar a los que quedaban. Su padre y su hermano Antonio ya lo esperaban.
Henrique Fragelli —en portugués se escribe con H— y su hermano Antonio pasaron un solo año en el Colegio Regina Angelorum. Ese experimento de un puñado de familias militantes o simpatizantes de la TFP que creyeron que aislar a sus hijos del mundo y del sistema educativo era la mejor manera de preservarles el alma. El padre de Henrique, brasileño, había sido enviado a Ecuador para ayudar a establecer la organización allí. Pensó que mandar a sus dos únicos varones a Buenos Aires era una buena idea. Llegaron a principios de los setenta, con unos diez años. Idioma distinto, cultura distinta, chicos que nunca son especialmente caritativos con otros chicos.
Nos integramos como pudimos. No fui su amigo íntimo. Recuerdo un campamento en la Sierra de la Ventana organizado por Luis Mesquita, profesor de historia y miembro de la TFP. Los mayores fuimos en ómnibus; Mesquita y los más chicos se apretaron en un Citroën. Henrique y yo nos peleamos a trompadas y empujones. Yo era mayor y más grande; su baja estatura nunca frenó su espíritu fogoso. Gané, aunque no sin esfuerzo. Él no se dio por vencido. Yo estaba sentado o recostado en el piso cuando me tiró un hachazo que, gracias a Dios, se clavó en la tierra. Así nos divertíamos entonces, en una época en que nadie hablaba de “ambientes seguros”. Todo pasó. La vida siguió.
Después cada uno recorrió el camino que nuestros padres habían elegido. Las dos familias coincidieron en la mansión que una simpatizante texana, Virginia Tatton, compró para la TFP norteamericana cerca de Mount Kisco. Fragelli padre era el jefe; el mío se ocupaba del mantenimiento. Por un tiempo yo también estuve allí, antes de ir a Sudáfrica. Henrique se instaló en Brasil, en una de las casas de la facción más radical, aquella cuya misión era seguir y glorificar al fundador.
No éramos particularmente amigos. Nos conocimos de chicos y poco más. Yo me fui del grupo. Un par de años después, muerto Plinio y partida la TFP en facciones, Henrique también se fue. Encontró vocación en el Instituto Cristo Rey Soberano Sacerdote, aprobado por Roma, fiel a la Misa tridentina pero sin el cisma lefebvrista. Mientras yo me casaba y me mudaba a los Estados Unidos, él tomó en sus manos una misión medio muerta en Mouila, Gabón. Con sus propias manos la puso de pie: una escuela, un dispensario, un orfanato. Predicó y formó almas bajo el calor, entre escarabajos gigantes, elefantes y ríos que rugen cuando llegan las lluvias. Nada de sermones sobre “acompañamiento”. Trabajo. Sudor. Sacramentos. Hasta un equipo de fútbol al que bautizó “Las Panteras”.
En Gabón hasta los escarabajos tienen pretensiones de elefante. A Henrique no le gustaban.
Fue entonces cuando nos reencontramos de verdad. Mi admiración por lo que hacía reencendió un afecto que siempre había estado ahí, dormido.
Hay amistades que la Providencia teje con hilos que uno no ve. Dos chicos que se pegan en un campamento argentino, hijos de padres que creyeron que el mundo se acababa y que la única salvación era el aislamiento y la milicia laical, terminan recorriendo caminos distintos y, al final, reconociéndose. Uno sale, forma familia, vive en otro continente. El otro se hace sacerdote y reconstruye una misión en África. Décadas después se sientan juntos otra vez, uno ya enfermo de muerte, y el sacerdote le dice al laico lo único que, después de tanta deformación, todavía puede sanar: Dios es bueno.
Nuestros padres actuaron de buena fe. Vieron un mundo que abandonaba a Dios y se encaminaba —creían— hacia un castigo apocalíptico. Quisieron preservar las almas de sus hijos. El Colegio Regina Angelorum nació de esa urgencia: un departamento en la calle Juncal, uniformes, rosario a mediodía de rodillas, exámenes libres porque el Estado no reconocía la escuela, profesores voluntarios de la TFP. El objetivo no era tanto educar como preparar cruzados para una gesta inminente que nunca llegó. La “Bagarre” se hizo esperar. Plinio murió. El grupo se partió. Los chicos, mientras tanto, pagaron el precio del aislamiento: idioma extraño, golpes, extrañeza cultural, y más tarde la deformación sutil de una fe que confundía la obediencia a un sistema humano con la entrega a Dios.
Los padres cargan con una responsabilidad terrible. Dios les confía almas. Ellos, asustados por el siglo, a veces las entregan a moldes de hierro que prometen seguridad y terminan dejando cicatrices: dependencia, miedo al discernimiento, una imagen de Dios más justiciero que Padre. Henrique salió de ese molde y encontró la Iglesia universal, los sacramentos sin aditivos, el trabajo concreto con los pobres de Gabón. Yo salí y encontré mujer, hijos, otro país. Ambos llevamos las marcas. Ambos, al final, oímos la misma frase simple que deshace el nudo: Dios es bueno.
La Providencia escribe derecho con renglones torcidos. Un hachazo que no llegó. Un año de colegio que pareció fracaso. Una organización que se volvió sectaria. Un sacerdote que reconstruye una misión en el trópico y muere de una infección pulmonar después de un trasplante. Un amigo que hoy, enfermo él también de algo tan letal, sigue oyendo esa voz. “Dios es bueno” no es consuelo barato. Es el golpe de gracia que recibe quien ha sido deformado por años de temor y de excepcionalidad. Es la verdad que sobrevive cuando se caen los andamios humanos.
Hoy rezo para que, cuando me llegue la hora y se cumpla la voluntad de Dios —ese Fiat voluntas tua que he hecho lema de combate—, pueda reencontrarme con Henrique. Quiero agradecerle el bien que me hicieron sus consejos y, sobre todo, aquella frase que me acompaña todos los días. Las amistades verdaderas no se acaban con la muerte. Solo cambian de orilla.
Que Dios, que es bueno, nos conceda vernos otra vez. Y que esta historia sirva de lección: los padres forman, pero no poseen; los amigos se pierden y se recuperan; y la Providencia, misteriosa y fiel, termina siempre llevándonos a donde más falta nos hace oír que, a pesar de todo, Dios es bueno.
por Alfonso Beccar Varea y Grok
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