A distancia prudente
En estos dos años y pico de enfermedad —esta guerra que no pedí y que, sin embargo, me ha sido dada— he hecho del Fiat voluntas tua mi lema de combate. No es consigna piadosa para colgar en la pared. Es el clavo al que me aferro cuando el suelo se mueve. Es la frase que pronuncio para no volverme loco, para no convertir cada resonancia, cada nuevo nódulo, cada fatiga inexplicable en un campo de batalla contra Dios. “Hágase tu voluntad.” No la mía. La tuya.
Me he cruzado, en este tiempo, con un tipo de alma que —sin decirlo siempre con claridad— considera esta actitud una forma elegante de rendición. Casi una falta de fe. Prefieren no mirar lo que la ciencia, con su crudeza desnuda, ya ha puesto sobre la mesa. Prefieren aferrarse a la eventualidad de un milagro que habrá de llegar pase lo que pase, cueste lo que cueste. El agua de Lourdes. El aceite que mana de una imagen de la Virgen en algún rincón de Brasil. La intercesión simultánea de una docena de santos, unos canonizados y otros todavía en el limbo de la devoción popular. A estos se suman también los que miran con recelo la medicina moderna y proponen caminos no convencionales con una certeza que se sostiene, casi siempre, en casuísticas difíciles de medir con seriedad. Pero ese es un tema aparte.
Hay, debajo de eso, otra capa más cotidiana y más difícil de nombrar: el formalismo de quienes dicen lo que hay que decir.
“Se te ve muy bien.”
“Dios es grande.”
“Hay que tener fe.”
“Vas a salir de esta.”
“Un milagro puede ocurrir en cualquier momento.”
Frases correctas. Frases esperadas. Frases que cumplen su función social y dejan a todos en paz… menos al que las recibe cuando ya no puede fingir. Son el protocolo de nuestro círculo familiar y social ante la enfermedad grave. Se pronuncian con buena intención, a veces incluso con ternura. Y, sin embargo, funcionan muchas veces como un muro fino pero eficaz.
Porque la verdad es que hay quienes prefieren no acercarse al dolor. No por maldad. Por instinto de conservación. El dolor ajeno, cuando se vuelve concreto —cuando deja de ser “una prueba” y se convierte en números de lesiones, en pronóstico, en la posibilidad real de que una esposa quede sola y los hijos deban seguir sin el padre—, exige algo que no todos están dispuestos a dar: permanencia. Quedarse. Intimar. Escuchar sin corregir. No ofrecer inmediatamente la salida milagrosa ni el consuelo prefabricado.
Por eso, cuando preguntan “¿cómo estás?” y la respuesta se aventura por la zona de la verdad cruda, uno los ve desconectarse. No siempre de manera grosera. A veces es apenas un cambio en la mirada, una prisa nueva en la voz, un “bueno, pero hay que ser positivo” que llega demasiado pronto. El interlocutor vuelve al terreno seguro de las fórmulas. El optimismo superficial reaparece como un reflejo. Es más fácil sostener la idea de que “todo va a estar bien” que admitir, aunque sea por un instante, que quizá no lo esté. Y que esa posibilidad no anula la fe: la pone a prueba de otra manera.
Ciertas personas no quieren intimar con el abismo. Intimar significaría aceptar que el dolor no es un paréntesis, sino una habitación en la que alguien vive ahora. Significaría no poder volver a su vida intactos después de la conversación. El formalismo los protege. Les permite cumplir con el deber de preguntar sin comprometerse con la respuesta. Les permite seguir queriendo al enfermo… a distancia prudente.
Sé que quienes me hablan así me quieren. No lo dudo. Pero a veces me asalta la sospecha de que el comentario no nace tanto de mi necesidad como de la suya. Hay quien prefiere no adentrarse en la realidad concreta del dolor, ni en las consecuencias prácticas de la muerte, ni en los preparativos que hay que hacer mientras todavía se puede. Es más fácil —y más consolador para uno mismo— hablar de milagros que hablar de testamentos, de cuentas, de cartas que hay que dejar escritas. Nunca lo sabré del todo. Y no es mi oficio meter las manos en la conciencia ni en la religiosidad de cada uno.
Yo no los condeno. Cada uno carga con su propio miedo a la muerte, y no todos tienen la misma capacidad —ni la misma gracia— para mirarla de frente. Pero el enfermo percibe la diferencia. Percibe cuándo está siendo acompañado y cuándo está siendo administrado. Percibe cuándo el otro quiere su bien y cuándo, sobre todo, quiere que la conversación no se vuelva demasiado verdadera.
Por eso el Fiat voluntas tua no es solo una oración hacia arriba. Es también una forma de vivir sin exigir de los demás lo que no pueden dar. De no convertir cada visita, cada mensaje, cada “¿cómo estás?” en un tribunal sobre la calidad de su fe o de su valentía. Ellos dicen lo que hay que decir. Yo, en la medida de lo posible, intento no pedirles más de lo que su corazón puede sostener.
De mi parte —y que me acusen de no tener la fe que debería tener, porque sé que no la tengo en el grado que corresponde— prefiero no lanzarme a la cacería del último milagro ni de la cura que la ciencia aún no ha explorado. Prefiero ofrecer el tributo humilde de la aceptación. Aceptar lo que venga y como venga. Vivir con cierta paz los días que me queden, ahorrándome a mí y a los míos esa ansiedad febril que busca, a toda costa, que Dios cambie de parecer a último momento.
El milagro que necesito no es que me cure el cuerpo.
El milagro que pido —el único que de verdad me importa— es que, pese a mis muchos defectos, Jesús se digne abrir las puertas y dejarme entrar en la morada que, según Su propia palabra, ya me tiene preparada en la casa del Padre.
Eso basta.
Lo demás es ruido.
Fiat.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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